En Noruega hay una palabra que no tiene traducción directa al español: koselig. Se refiere a esa sensación de calidez y bienestar que surge de las cosas simples — una vela encendida, una manta de lana, y casi siempre, un buen pan sobre la mesa. En los países nórdicos, el pan no es un acompañamiento. Es el centro.

Una cultura construida sobre centeno

Mientras en Francia el trigo blanco reinaba y en Italia la ciabatta se horneaba con harinas refinadas, los escandinavos trabajaban con lo que su tierra fría y sus veranos cortos les daban: centeno. Mucho centeno.

El rugbrød danés es quizás el ejemplo más conocido — un pan oscuro, denso, húmedo, fermentado durante hasta 48 horas, lleno de semillas y granos enteros. Pesa el doble que una baguette del mismo tamaño y dura una semana sin perder calidad. En Dinamarca se consume a diario, generalmente abierto, con smørrebrød encima: salmón, arenque, rábanos, queso.

En Suecia está el knäckebröd, un pan crujiente que los vikingos ya llevaban en sus travesías porque duraba meses. Y en Finlandia, el ruisleipä, un pan de centeno oscuro con un sabor profundamente ácido que al principio sorprende y después se vuelve adictivo.

¿Por qué fermenta diferente?

El centeno tiene menos gluten que el trigo, así que no puedes tratarlo igual. No desarrolla esas redes elásticas que hacen que una masa de trigo se estire como chicle. En su lugar, el centeno depende de los almidones y la fermentación ácida para dar estructura al pan.

Esto obligó a los panaderos nórdicos a dominar la fermentación natural mucho antes de que fuera tendencia. Sin la acidez de la masa madre, el pan de centeno se desmorona. Literalmente. Las bacterias lácticas modifican la estructura del almidón y crean la textura que define estos panes.

El frío escandinavo también juega su papel. Las fermentaciones a baja temperatura son más lentas, lo que genera perfiles de sabor complejos que no se consiguen en climas cálidos. Son panes que saben a tiempo.

De Oslo a Miraflores

La historia de cómo esta tradición llegó a Lima tiene que ver con personas, no solo con recetas. Panaderos que crecieron rodeados de rugbrød y knäckebröd, que aprendieron el oficio en cocinas donde el pan se respetaba como un producto noble, y que un día se encontraron en una ciudad al otro lado del mundo con ingredientes extraordinarios y un público hambiento de algo diferente.

Lima tenía todo para que funcionara. Una escena gastronómica de clase mundial, consumidores curiosos y exigentes, y una tradición panadera propia — el pan francés limeño, la cachanga, el pan de anís — que demostraba que aquí el pan siempre fue importante.

La fusión no fue forzada. El centeno nórdico se encontró con granos andinos. Las técnicas de fermentación escandinavas se adaptaron al clima tropical. Las semillas de girasol y linaza se mezclaron con kiwicha y quinua. No era pan noruego ni pan peruano. Era algo nuevo.

Más que una moda

Hay quienes ven el pan artesanal como una tendencia pasajera, otro capricho gastronómico que eventualmente dará paso a lo siguiente. Pero la tradición nórdica de masa madre lleva más de mil años. Los vikingos ya fermentaban su pan así. No es una moda — es el método original, redescubierto por una generación que se pregunta de dónde viene lo que come.

En cada hogaza de pan artesanal que se hornea en Lima con técnicas nórdicas hay algo de esa historia larga. El mismo tipo de levaduras salvajes. El mismo principio de paciencia. Solo que ahora el pan se come mirando el Pacífico en vez del fiordo, y eso, francamente, tampoco está nada mal.